24 de mayo de 2010

A Time for Reading



Siempre me ha gustado leer y escribir. Quizás el mejor aspecto académico de los colegios americanos es inculcar y cultivar la lectura en los estudiantes. Esto logró un gran impacto en mi vida. Mi primer gran experiencia con la lectura comenzó a los 7 años en New Mexico. En ese momento yo hablaba muy poco inglés (por no decir que nada) y en el colegio le habían dicho a mis papás que quizás la mejor manera de que yo entendiera el idioma, sería poniéndome a leer constantemente. Por eso, semanas después, cuando les ofrecieron a mis papás una membresía en un club que por $100 al mes les enviaban una caja llena de libros para niños, no lo dudaron ni un segundo. Cada mes esperaba ansiosamente mi caja de libros nuevos. Era emocionante abrilos y conseguirlos como recién salidos de la imprenta con ese olor indudable de tinta sobre papel. Me enganché leyendo las historias de los hermanitos de The Bernstein Bears, las aventuras locas de la despistada Amelia Bedelia y, mi favorito, Morris Goes to School, que contaba la historia de un alze (Morris the moose) que empieza a ir al colegio. Años después le leería este libro a mis primitos creando voces para sus personajes y, por supuesto, traduciéndolo a un simple y entendible español. Cuando llegó el momento de mudarnos, quise, por supuesto, llevarme todos mis adorados libros. Mis papás me explicaron que eso sería difícil ya que para ese momento habían más de 100. Me pidieron entonces que escogiera los que más me gustaban para llevarlos. Todavía tengo esos libros guardados y confieso que me gusta ojearlos de vez en cuando.



Cuando nos mudamos a la India en los años de la terrible y temible aborrecencia creció mi interés en libros especialmente escritos para adolescentes. Me leí prácticamente todos los libros de Judy Blume hasta que llegué al libro que más me gustó de todos. A Time for Dancing de Davida Wills Hurwin fue un libro que leí incontables veces, siempre llorando en la última página a pesar de saber exactamente lo que iba a suceder. Sabía que no podía dejar ir ese preciado libro, por eso se convirtió en una de las pocas cosas que me he robado en mi vida. Todavía lo tengo guardado y me causa risa ver el sello de The American Embassy School MS/HS Library en su primera página.



Más adelante, al regresarnos a Caracas, mi pasión y amor por la lectura solo creció. Para el momento en el cual me cambié al colegio El Peñón, ya mi gusto por la lectura no dependía de que fuese una tarea, por lo cual seguí leyendo. Me causó gracia que alguno de los libros que nos mandaban a leer los profesores ya los había leído años anteriores como fue en el caso de El Dador (The Giver). Fue entonces cuando ocurrió algo que marcó mi vida. En esa época, mi papá compró la película Dead Poet’s Society sin imaginarse nunca que eso marcaría un paso entre la lectura y la escritura para mi. Creo que puedo decir (sin exagerar) que vi esa película más de 100 veces. Investigué cada uno de los poemas y escritores nombrados en ella hasta aprenderme sus historias completas. Fue ahí donde empecé a escribir.

Mi primera experiencia con la escritura se puede decir que fue interesante. Luego de ver Dead Poet’s lo que más me gustaba era escribir poemas. Escribí una decena, entré en la página web Poetry.com y registré mi favorito. Cual fue mi gran sorpresa y emoción cuando un mes después me enviaron un correo notificándome que mi poema había sido seleccionado para ser impreso en un libro de poesía, y que solo debía pagar una módica suma de $250 y me enviarían el libro. Por supuesto, yo no podía con la emoción y le rogué a mi papá que por favor tenía que pagarme el libro. Fue interesante, cuando meses después llegó a mi casa el libro en el cual mi poema había sido publicado. Era un libro de 250 páginas, con 15 poemas en cada una, escritos con la letra más chiquita para que entraran todos. Mi poema estaba en la página 99. Tremenda decepción y tremendo engaño. No era tan especial como creía. Sin embargo, esto no detuvo mis ganas y mi interés sobre la escritura por lo cual la seguí practicando esporádicamente lo que cual me llevó a este blog.


El poema que fue 'publicado' escrito a mano aquí por mí en 1999 (Hagan click para verlo más grande)

Los libros, la lectura y la escritura, han estado presentes durante toda mi vida. Siempre he pensado que leer alimenta el alma. No hay nada más sabroso que sentarse con un libro en una tarde lluviosa y sentir que uno es parte de la historia que uno está leyendo. Es difícil describir la tristeza que uno siente al terminar un libro y lo mucho que uno puede llegar a extrañar a sus personajes. Leer ayuda a dispersarse, relajarse y alejarse de tantas cosas que atormentan nuestras vidas. Nos hace sentir poderosos, observando desde lejos la vida de los personajes que se encuentran en cada mancha de tinta. En el fondo, leer nos ayuda a pensar y procesar nuestras vidas de una manera indirecta. Leer nos ayuda a vivir nuestras vidas más intensamente.


Uno de los poemas que más he disfrutado:

The Ballad of William Bloat by Raymond Calvert

In a mean abode on the Skankill Road
lived a man named William Bloat
He had a wife, the curse of his life
who continually got his goat.
So one day at dawn with her nightdress on
he cut her bloody throat.
With a razor gash he settled her hash
Oh never was crime so quick
But the drip drip drip on the pillowslip’
of her lifeblood made him sick.
And the pool of gore on the bedroom floor
grew clotted and cold and thick.

And yet he was glad he had done what he had
when she lay there stiff and still,
but a sudden awe of the angry law
struck his heart with and icy chill.
So to finish the fun so well begun
he resolved himself to kill.

He took the sheet from the wife’s coul’ feet
and twisted it into a rope
and he hanged himself from the pantry shelf,
‘twas an easy end, let’s hope.
In the face of death with his latest breath
he solemnly cursed the Pope.

But the strangest turn to the whole concern
is only just the beginning.
He went to Hell, but his wife got well
and she’s still alive and sinning.
For the razor blade was German made,
but the sheet was Belfast linen.



14 de mayo de 2010

La Política del Hogar


Cara de Regañada?

La oportunidad de vivir en varios países me ha permitido apreciar el poder de la política y la ley en diferentes puntos de vista. Cada uno de los países en los cuales he vivido ha tenido diferentes sistemas y maneras de organización. Por supuesto, cuando estaba pequeña no entendía ni la mitad del asunto. Cuando uno es niño lo único que debe entender es que si te sigues portando mal, voy a llamar a la policía. Una de las amenazas más efectivas que usan los padres y los niños nos creemos. El sistema político que uno vive primero es el de su propio hogar. En mi casa era muy específico y bien delimitado. Mis papás eran los que mandaban. Siempre debíamos respetarlos. Como en todo hogar, existían reglas básicas que eran necesarias cumplir: “a dormir” significaba YA, era difícil negociarlo. Nunca debíamos mentir, y teníamos que comernos todo lo que estaba en el plato (aunque no nos gustara). Mi mamá, a pesar de ser muy consentidora, era la general que amenzaba con acusarnos con mi papá si nos portábamos mal. Voy a serles sincera, esa amenaza era efectiva. Pero la realidad es que era mínima ya que su peor castigo hacia mi fue pelarme con una corbata.


Lo peor que podríamos hacer mi hermano y yo era salir mal en el colegio. Yo nunca tuve ese problema, pero digamos que mi hermano no era tan disciplinado. La primera vez que pude observar el poder de la ley externa a la de mi casa fue cuando vivíamos en Hobbs, USA. Mi hermano había salido mal en el colegio y tenía tanto miedo de que lo castigaran que le dijo al director del colegio que mis papás le iban a pegar. Ojo, debo aclarar que los castigos de mis padres eran los típicos regaños de cualquier padre venezolano: un ‘chancletazo’ decente, nada fuera de lo común que ni siquiera dejaba una marca, lo que pasa es que los americanos son un poco exagerados en este aspecto. Cual fue la sorpresa de mis papás al ver llegar en la tarde de ese día a la casa a Social Services amenazando con que si el niño se aparecía en el colegio con si quiera una marca mínima, se lo quitarían a mis papás. Por supuesto, no le pusieron ni un dedo encima, pero ahí sí lo que les provocaba era matarlo. El respeto en Estados Unidos hacia practicamente todo es bastante alto, y la ley actúa de forma inmediata.

De ahí pasamos a vivir a otros tipos de gobiernos. En la India, la ley es extremadamente fuerte, sobretodo con los Indios. A los extranjeros no se les puede poner ni un dedo encima, por lo cual uno puede caminar libremente por la calle bajo (prácticamente) ningún peligro real. Sin embargo, a la gente que es de allá los tratan con una mano muy dura y por cualquier incumplimiento de ley pequeño les dan golpes con palos, delante de quien sea (esto era en el año 1994 aproximadamente, no sé si eso se mantiene hoy en día). Una vez regresados a Venezuela llegaron las elecciones de 1999. Todavía en ese momento estaba completamente desinteresada de la política. Tenía 15 años y mi mayor preocupación era si el chico que me gustaba sabía de mi existencia. Por supuesto, todo ese desinterés cambió drásticamente con el paso de los años. La críticas, peleas, desórdenes y el tumulto general impulsaron que la mayoría de las personas en este país nos viéramos involucradas en la política de manera directa o indirecta. Me impresiona ver ahora como mis primos desde los 7 años están enterados así sea por encima de la situación política del país. Me da esperanza pensar que las generaciones futuras vendrán preparadas para traer cambios y nueva luz en la manera de manejar el gobierno.

Hay algo que a mi particularmente me inquieta con el caso político venezolano. No se trata únicamente sobre los dirigentes, si no del ‘pueblo’ y la gente que vive en este país. Dejando a un lado la ideología, hay una observación importante sobre la idiosincracia del venezolano. En este país (y realmente podría ser quizás en cualquier otro) no las pasamos criticando a los políticos y dirigentes por cualquier cantidad de cosas, pero no nos damos cuenta que a veces el problema no viene de ellos, sino de nosotros mismos. Nos quejamos de que no recolectan la basura ni mantienen las calles limpias. Pero...quién lanzó el papel en el asfalto en primer lugar? Nos quejamos de que no hay suficientes fiscales dirigiendo el tránsito de la ciudad. Pero...quién se está metiendo por el hombrillo y causando más tráfico de lo necesario? Nos quejamos de que los políticos no sean inclusivos. Pero...Realmente somos tolerantes con los demás? Somos capaces de tener una conversación pasiva con alguien de una ideología opuesta a la nuestra?

A veces debemos dejar de culpar a los demás, y empezar a aceptar que nosotros también tenemos responsabilidad dentro del juego político. Cuando pequeña, mi mamá no me dejaba salir de la casa si mi cuarto no estaba arreglado. Me daba una rabia inmensa tener que arreglar mi espacio y mi lugar. Qué le importaba a ella si yo tenía un desórden en mi cuarto? Lo que no me daba cuenta es que era más fácil tenerlo siempre arreglado y así no surgían ningún tipo de problemas con ella. A fin de cuentas ella me estaba enseñando una válida lección sobre la organización y el cuidado a nuestras cosas. La política de mi casa no difiere mucho de la política del país. Hay cosas que sencillamente son common sense. Pero cuánto nos cuesta aceptar que el cambio real debe empezar por nosotros mismos. A veces uno se siente pequeño e insignificante entre tanta gente (sobretodo con respecto a los que están en el poder), pero, si cada uno de nosotros actuamos correctamente, con honestidad, ética, solidaridad y tolerancia con los demás, podemos hacer un cambio real. Es tan sencillo con empezar haciéndolo tú solito. No puede ser que vivamos pensando que como el otro rompe la ley, yo también lo haré. Y además luego tener los bríos de quejarnos que vivimos en un país donde la autoridad no cumple con enforzar la ley.

Todo empieza por ti. En el ámbito en que te rodées. Olvídate de preocuparte de para que digo buenos días si nadie me los devuelve? Sigue diciéndolo que en algún momento alguien te los devolverá. La vida siempre encuentra la manera de recompensar nuestras buenas acciones y de alguna forma hacernos pagar las malas. No hay nada más importante que acostarnos todos los días con la conciencia limpia y tranquilos por haber hecho lo mejor posible en el día. Por eso debemos recordar que todo empieza con nuestras propias acciones, y que la política más importante, como yo aprendí de niña, es la que se enseña y se aplica en casa.

6 de mayo de 2010

Descadado



Descarado de Kiara - 5 años

4 de mayo de 2010

525,600



Seasons of Love de Rent (please vean el video!
hermosa canción - sobretodo a partir de 0:50)

525,600 es la cantidad de minutos que hay en un año. Hoy, 4 de mayo, estoy cumpliendo 26 años, 525,600 minutos más en mi vida. Un año lleno de vivencias, experiencias y cosas buenas. Es tan difícil realmente medir un año en la vida de una persona. Es fácil decir que simplemente pasó un año más, 525,600 minutos más para el contador. Pero pienso que hay demasiadas otras manera de medir un año en la vida de una persona. Un año se mide en sonrisas, lágrimas, éxitos, y aprendizajes. Esa velita en la torta es una simple representación de un año más de madurez y de vida.

Mis cumpleaños, desde que tengo memoria, han comenzado con la canción de Las Mañanitas puesta por mi mamá a todo volumen y cantada por su ‘suegro’ Vicente Fernández (el papá de Alejandro). Un cumpleaños sin Las Mañanitas simplemente no es un cumpleaños. Tengo 2 recuerdos memorables de mis cumpleaños cuando era niña. Mis fiestas nunca fueron nada fuera de lo común. Una torta, quizás una piñata y una que otra rifa. Sin embargo, cuando cumplí 7 años eso cambió. Vivíamos en Madrid y mis papás decidieron celebrar mi cumpleaños a lo grande. Tuve una fiesta con mis compañeros del colegio (San Patricio) en un McDonalds de la ciudad. Tuve otra fiesta con los amigos de mi edificio ya que eran bastantes. Al regresar a Venezuela me festejaron el cumpleaños con los hijos del Negro (el capataz) de la finca. Y aunque no lo crean, ahí no terminaron las celebraciones, pues me hicieron la mega celebración en Gochilandia también. No había saltarínes ni esas cosas extrañas que se usan hoy en día. Pero esta vez si estaban las payasitas ni Fú Ni Fá. Por supuesto, eran la versión gocha que cantaba “uish popopopóm popopopóm”, pero, para mí, eran las auténticas Ni Fú Ni Fá. Ese año me sentí como una reina. Feliz de recibir tantos regalos y felicitaciones de todo el mundo.

A partir de ahí mis cumpleaños han seguido siendo normales, nada fuera de lo común. Exceptuando uno que otro que sobresale. Por ejemplo, un año mi tía Luz Aida me hizo un rally por toda la casa escondiendo regalos que yo debía encontrar buscando pistas. Fue para mi uno de los cumpleaños más divertidos de todos. Mis 15 años fueron una cena familiar con mariachi incluído. Nada de vestido de princesa, pero sí, bailé el vals con mi papá. Años después tuve la suerte de disfrutar un cumpleaños en una discoteca en Miami en la cual, de la nada, apareció Fher el cantante de Maná y se puso a cantar sus canciones. Definitivamente fue, para mí, uno de los cumpleaños más emocionantes que he pasado.


Cumpleaños número 4

Pero la verdad es que un cumpleaños es mucho más que una vela y una torta. Es un reconocimiento a las experiencias vividas hasta ese momento. Un reconociento a los 525,600 minutos que han pasado y los que (con suerte) vendrán adelante. Para mi, este año ha estado cargado de vivencias y emociones. Puede parecer que mi vida no ha cambiado mucho, pues sigo viviendo en el mismo lugar, sin embargo, en muchas maneras mi vida es diferente a lo que era hace un año. Puedo decir que en el último año he crecido, he aprendido, he amado, he llorado, me he enfermado, he corrido, he viajado... Todo esto se traduce en que este año he sido feliz. He vivido todo lo posible de la mejor manera que sé.

Este año que entra espero llenarlo de mil cosas buenas. Tengo tantos planes que no sé cual de tantos será el que se me va a dar! Lo que sí puedo decir es que espero que de aquí a 525,600 minutos, pueda mirar atrás con alegría. Del año que pasó tengo mucho que agradecer, pues Dios me ha bendecido con una vida llena de oportunidades y posiblildades. Entre las cosas qué tengo para agradecer está la reciente creación de este blog. Realmente me ha llenado de una satisfacción inmensa ya que siempre he tenido tanto (algunos podrían decir que a veces demasiado) que decir. Esta ha sido una gran oportunidad para expresar las vivencias de mi vida.

No soy de las personas que se entristece al envejecer. Por el contrario, me entusiasma ver qué me puede traer el año que entra. Hay una infinidad de posiblilidas que pueden ocurrir en los próximos 525,600 minutos de mi vida ya que en este momento estoy entrando en una estapa que cambiará el transcurso de mi vida por completo, llena de decisiones importantes y cambios. Me emociona saber que me acerco cada vez más a cumplir cada uno de mis sueños, y sobretodo compartir mi vida con tanta gente que la hace cada día más especial.

525,600 minutos no son suficientes para medir mi vida. Son suficientes para medir la tuya?






27 de abril de 2010

Mi Soundtrack



Cantando de 6 años con lente 'Ojo de Pescado'


La música siempre ha formado parte de mi vida. Creo que es algo realmente inevitable considerando la mezcla de géneros que llevo en mi sangre y corazón. De pequeña, solíamos escuchar música Brasilera todo el tiempo. Una de mis mayores sopresas fue enterarme de que ese tipo de música solo se escuchaba en Brasil. Con la excepción de Xuxa, todos los otros cantantes solo los conocía yo en el colegio en Caracas. Era inconcevible para mí que solo mi hermano y yo supiéramos la letra de ‘Outra Beleza’ de Paralamas Do Sucesso.

Yo fui parte del clan que amaba a Juan Corazón. Me preguntaba varias veces si en verdad el gordo, el bajo, el alto, y el flaco se encontraban en la esquina del café de la ciudad. Nunca fuí gran fanática de Popy, pero las Payasitas Ni Fú Ni Fá eran mi alegría. No había mejor fiesta que en la que se bailaba “Kikikí cococó guru-guru-guru-guru-gú cuac-cuac” En España no me dejé envolver por el Flamenco ya que mis papás escuchaban Juan Luis Guerra convirtiéndolo en mi ídolo y mi canción favorita “Quisiera Ser Un Pez.”

La música tiene la cualidad de consolarte en los malos momentos y traerte más alegría en los buenos. Las canciones que escuchamos no hacen si no formar parte del soundtrack de nuestras vidas. Solo con escuchar una canción podemos llenarnos de todo tipo de recuerdos inmediatamente. Para mí, la canción de “La Puerta” de Luis Miguel y “El Vendedor” de Mocedades (si, yo sé, medio pavoso) siempre me llevarán a mis vacaciones en Margarita. Las escuchábamos una y otra vez, y aún chiquiticos nos sabíamos las letras de cada canción perfectamente. Y lo que más deseaba era entender qué significa vender la paz de un niño durmiendo. Eso se puede comprar?

Hay una canción para cada momento y cada ocasión de nuestras vidas. La canción “La Familia” de Pimpinela (yo sé, pavosita también) siempre me recordará a mi familia, pues nos describe a la perfección. Ya que realmente todos hablan a la vez, pero cuando las cosas van mal, a tú lado siempre están.

Con los años la música se va convirtiendo en un motivo para estar enamorado o despechado. En la adolescencia (o la temible aborrecencia, como le dice mi tía Lady Di) la música solo se convierte en un sueño. Nos imaginamos al Príncipe Azul cantándonos y dedicándonos una y otra canción, que nos digan Te Quiero, Te Quiero, Te Quiero mientras nos miran a los ojos. Tal cual comedia romántica fresita, ideal para ver en un avión. La música es tan importante en mi vida, que terminé enamorada de un cantante. No hay nada más rico que te escriban una canción y te la canten al oído.


Estoy segura que cada uno de nosotros podría crear un soundtrack llenando los momentos más importantes de nuestra vida. Recordando cómo la música ha formado parte de los mejores momentos de nuestra vida o cómo a veces una melodía fue suficiente para levantar nuestro ánimo. Una buena canción es capaz de inspirarte y motivarte a comenzar de nuevo, enamorarte, rehabilitarte y ponerte una sonrisa en la cara.



Un poquito de ti



Marcella Mágica

Siempre me ha gustado ayudar a los demás. Afortunadamente, los colegios en donde he estudiado han sido claves en desarrollar en mí ese interés. Los colegios américanos en general incentivan muchísimo la ayuda a la comunidad y a la gente que nos rodea. Los colegios me han llevado a participar en varias actividades sociales como visitar orfanatos, ancianatos, enfermos terminales de SIDA, ayudar a niños pobres entre otras cosas. Una de las cosas que más me afectó de vivir en la India fue lo importante que es ayudar a los demás. El American Embassy School (AES) es un colegio excepcional con facilidades que cualquier universidad podría envidiar. Los jueves en las tardes solían hacer una actividad llamada Reach Out. Esta consistía en abrir las puertas del colegio a la comunidad y asistir a la gente como fuese necesario. Habían médicos que atendían pacientes gratis y profesores dando clases a los niños. Por otro lado, se les daba ropa, comida, bebidas, cuadernos y una variedad de cosas a la gente que asistía. La India es uno de los países con más pobreza en el mundo entero, por lo tanto, a veces llegaban cientas de personas a recibir cualquier tipo de ayuda en el Reach Out. A los estudiantes nos invitaban a participar voluntariamente y yo decidí participar. La primera vez que fui al Reach Out me dejó impactada. Eran demasiadas personas con necesidades reales y fuertes. Probablemente lo más difícil era imaginar que luego de que se terminara la actividad, la mayoría de las personas ahí saldrían a dormir en la calle. De ahí pasé varios jueves en el campo de fútbol de AES hablando y jugando con niños Indios y enseñándole lo que había aprendido en el colegio durante la semana. Esto me llenó de un deseo fuerte de ayudar a los demás.


Unas de las personas que realmente impactaron mi vida en este sentido fueron Virgilio e Imary. Ellos son padres y personas que realmente admiro. Al nacer su hija Marcella hace unos años con parálisis cerebral, no permitieron que se les paralizara la vida. Virgilio e Imary actuaron. Han hecho todo lo posible por rehabilitar a Marcellita, pero más allá de esto, pensaron en los demás también. Ellos crearon una fundación llamada SuperAngeles para brindarle apoyo a otras familias con niños que sufren de lesiones cerebrales. Con esta fundación han creado conciencia y han ayudado y apoyado a decenas de personas, no solo en Venezuela si no en México, Perú y Puerto Rico, donde crearon sucursales de la fundación. Los verdaderos ángeles son Virgilio e Imary, por inspirar a tantos con su amor y cariño. Realmente es conmovedor el trabajo y la fuerza que los guía siempre y la dedicación que le tienen no solo a Marcella, si no a cualquiera que esté pasando por lo que ellos pasan.


Uno de los 'viejitos' del Ancianato

Hace unos años, mi papá decidió ayudar a financiar un ancianato en Gochilandia. Tenían años esperando que el gobierno les pusiera atención, pero no los ayudaban como era necesario. El ancianato es cuidado por una monja, viejita también, que ha dedicado su vida a ayudar a los demás. Cuando mi papá supo del ancianato, se enteró de que la Hermana y el enfermero que atendían a los ancianos lo hacían de gratis. Todo lo que les entraba a través de la iglesia lo gastaban en el ancianato. Nada quedaba para ellos. Afortunadamente mi familia pudo ayudar de cierta forma: avanzándoles la construcción y además ampliándolo para convertirlo en un orfanato/casa para 10 niñas. Todo esto aún está en proceso. El año que mi papá empezó a ayudar al ancianato decidimos que pasaríamos el 24 de diciembre en la tarde celebrando la navidad con los viejitos. Compramos hallacas, pan de jamón, refrescos, pernil, y ensalada y fuimos a pasar la tarde allá. Fuímos con la intención de ayudar a los viejitos y nos fuímos de ahí sintiendo que fueron ellos los que nos ayudaron a nosotros. Fue, para toda la familia, una experiencia realmente gratificante. Compartimos con ellos, les conversamos y ellos se desahogaron contándonos sobre su vida y sus experiencias. Esa noche, cuando llegamos a casa y vimos todos los regalos en el árbol para cada uno de nosotros, no pudimos evitar sentirnos egoístas. Tenemos tanto, y damos tan poco. La realidad es que no hace falta tener nada para dar. Tal es el caso de la Hermana que cuida a los ancianos. Si cada uno de nosotros diéramos realmente un porcentaje mínimo de lo que podemos dar, pienso que podríamos hacer cosas realmente maravillosas. A veces la vida se atraviesa y no nos damos cuenta que podemos hacer mucho por otros. A veces es tan simple como una sonrisa, un buenos días, un “te puedo ayudar en algo?” Tenemos que tomarnos el tiempo y alzar la mirada y darnos cuenta que realmente cada uno de nosotros tenemos la posibilidad (por más mínima que sea) de ayudar a otros. No solo es una experiencia que puede realmente facilitarle y alegrarle la vida a otra persona, sino que también te puede llenar a tí más de lo que te puedes imaginar.


* Para más información sobre SuperAngeles: http://www.fundacionsuperangeles.blogspot.com/
Si quieren colaborar de algúna manera con el Ancianato, pónganse en contacto conmigo.

21 de abril de 2010

Passage to India




Parte Uno

Una mañana de 1994 mi papá llamó a mi mamá a decirle que le acaban de informar en el trabajo que lo estaban transfiriendo para la India. Mi mamá, al terminar de hablar con él, colgó el teléfono y siguió durmiendo. Al despertarse creyó que todo había sido un sueño. Estaba equivocada.

La verdad, no recuerdo de cómo me enteré de que me iba a vivir a la India. Para mí, la India era desconocida pues no sabía ni siquiera ubicarla en un mapa (lógico para alguien de 10 años). Al principio, mis papás dudaron sobre si la mejor decisión sería irnos. Les regalaron un libro sobre cómo es la vida en India llamado India File y lo que hizo fue asustarlos. Nunca terminaron el libro y sencillamente tomaron la decisión. Nos iríamos a vivir a New Delhi, y, si no nos adaptábamos, nos regresaríamos.

Con eso, la decisión estaba tomada. Empacamos nuestras maletas y nos fuimos una última vez a pasar nuestras vacaciones en Margarita y Gochilandia. La despedida de la familia fue lo más trágico. La India es en el otro extremo del mundo, y, en esa época, se sentía aún más lejos, como en otra galaxia. No existía la internet comercialmente y para llamar por teléfono era complicadísimo. Nunca olvidaré la despedida en el aeropuerto de Gochilandia, todos llorábamos sin parar: Mis abuelos, tíos, papás, hermano y yo. Recuerdo que cuando subíamos las escaleras hacia el avión una señora me preguntó “por qué está llorando toda tu familia? Que pasó?” Probablemente yo, siendo esa señora, también hubiese preguntado.

Viajar a la India tarda, aproximadamente, 24 horas. Volamos en KLM hasta Amsterdam (que toma unas 9 horas), ahí esperamos unas 5 horas para el siguiente vuelo, y de ahí a New Delhi 10 horas más. La compañía nos pagaba pasajes en primera clase, y nosotros estábamos emocionadísimos. Nunca había viajado en primera clase y mi hermano y yo pasamos los dos vuelos cambiando los canales de los televisores personales sin parar. La emoción pasó a una mezcla de miedo y tristeza en el momento en que aterrizamos. Recuerdo con perfección que aterrizamos de noche, y ver a través de las ventana las luces de la ciudad y sentir una lágrima bajar por mi mejilla al caer en la realidad de dónde estábamos. En el momento en que se abrieron las puertas y nos bajamos del avión, entró un olor sorprendente a nuestras narices. El olor de la India es difícil de describir, es una mezcla de smog, calima, tierra, curry y especies; todo a la vez. Un olor que podría identificar perfectamente por el resto de mi vida. Te rodea inmediatamente, pues se encuentra en el aire. Toma varios días para que olor se vuelva imperceptible, pero la verdad, siempre está ahí. Lo primero que notamos al entrar al aeropuerto de Delhi fue el cambio de color. En la India todo tiene una tonalidad tierra. Fue como entrar en el túnel del tiempo; como conseguir un cajón lleno de fotografías color sepia y atravesarlas. El cielo estaba oscuro ya que era tarde en la noche, y con ese cansancio nos fuimos hasta el hotel. Queríamos verlo todo, reconocer la ciudad de golpe, pero no nos dió tiempo. En 10 minutos llegamos al hotel, y prácticamente directo a la cama.


En el Hyatt

Nuestro primer día en Delhi estuvo lleno de ansiedad. Mi papá tuvo que irse temprano a la oficina y mi mamá, mi hermano y yo nos quedamos en la habitación. La habitación quedaba en un piso alto del hotel desde la cual teníamos una vista interesante de New Delhi. Veíamos una parada de tren de la cual se bajaban cientas y cientas de personas de cada vagón, una piscina pública inmunda, completamente negra, gente por docenas caminando, paseando, carros antiguos, Hombres y policías caminando agarrados de mano, mujeres obreras con ladrillos en la cabeza. Veíamos mil cosas a la vez. Mi hermano y yo queríamos bajar a conocer el hotel, pero mi mamá no quería dejarnos ni salir de la habitación. Estaba asustada y abrumada por ese cambio tan radical de ambiente en el cual nos encontrábamos. Al fin llegó mi papá a la hora del almuerzo y bajamos a almorzar y explorar. Otra de las primeras impresiones que tuvimos en Delhi fue con respecto a la comida. Absolutamente todo lo que probábamos era picante, era difícil conseguir algo que no lo fuera. Por un buen tiempo mi hermano se alimentó de Naan (un pan parecido al pan pita) ya que no soportaba el sabor a picante. El hotel tenía varios restaurantes, y, sin importar si era Italiano, Francés o Japonés, todo tenía picante. Poco a poco nos fuimos acostumbrando al sabor del curry y el picante, poco a poco nos fuimos acostumbrando a la India.

Nuestro apartamento, el del toldo rojo


Permiso residencial

El Hyatt se volvió nuestro hogar por los próximos 3 meses. La casa donde nos tocaba vivir mientras conseguíamos algo más apto era completamente asquerosa. Llena de moho y de sucio. Mis papás decidieron quedarse en el Hyatt mientras conseguían algo nuevo. No fue fácil conseguir vivienda pues vendían casa insólitas. Una que nos gustó tenía una piscina hermosa, pero la piscina no tenía motor. Era, básicamente, un estanque de agua 'aparentemente' limpia. De tanto buscar eventualmente mis papás consiguieron un apartamento en Vasant Vihar. En ese momento la preocupación comenzó a girar en torno a amoblarlo. No traíamos sino la ropa necesaria. Era necesario comprar desde los cubiertos hasta las camas; tarea que demostró ser nada fácil. El primer día que nos llevaron al 'Shopping Center' llamado Vasant Lock nos quedamos estupefactos. No era ningún Shopping Center. Era algo así como el Boulevar de Sabana Grande con tiendas que parecían bodegones de pueblo. De un pueblo muy pobre. Ollas guindando del techo, aparatos en las paredes, todo un desastre. Uno por uno fuimos comprando cada utensilio y herramienta necesarios para formar un hogar. Los muebles fueron aún más complicados pues los estándares de muebles en la India son completamente diferentes a los nuestros. Había que tomar la medida de cada uno, no era tan sencillo como pedir una mesa para 6 o una cama Queen. A mi mamá le tocó medir lado por lado y altura para que los carpinteros los hicieran como queríamos.


Así, poco a poco, fuimos creando un hogar en New Delhi: con mucha impresión y temor sobre lo que podría ser nuestra vida allá. Poco nos imaginábamos que ese viaje cambiaría nuestras vidas y nos llenaría de recuerdos, momentos, y experiencias inolvidables y sobretodo que a partir de ese momento llevaríamos para siempre a la India en nuestros corazones.


Parte 2: Formando un Hogar


Vestida de India


Ina Market uno de los "Shopping Center'


Haciendo las cortinas en la sala de la casa

Cortando cordero con los pies....yummiii