27 de abril de 2010

Mi Soundtrack

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Cantando de 6 años con lente 'Ojo de Pescado'


La música siempre ha formado parte de mi vida. Creo que es algo realmente inevitable considerando la mezcla de géneros que llevo en mi sangre y corazón. De pequeña, solíamos escuchar música Brasilera todo el tiempo. Una de mis mayores sopresas fue enterarme de que ese tipo de música solo se escuchaba en Brasil. Con la excepción de Xuxa, todos los otros cantantes solo los conocía yo en el colegio en Caracas. Era inconcevible para mí que solo mi hermano y yo supiéramos la letra de ‘Outra Beleza’ de Paralamas Do Sucesso.

Yo fui parte del clan que amaba a Juan Corazón. Me preguntaba varias veces si en verdad el gordo, el bajo, el alto, y el flaco se encontraban en la esquina del café de la ciudad. Nunca fuí gran fanática de Popy, pero las Payasitas Ni Fú Ni Fá eran mi alegría. No había mejor fiesta que en la que se bailaba “Kikikí cococó guru-guru-guru-guru-gú cuac-cuac” En España no me dejé envolver por el Flamenco ya que mis papás escuchaban Juan Luis Guerra convirtiéndolo en mi ídolo y mi canción favorita “Quisiera Ser Un Pez.”

La música tiene la cualidad de consolarte en los malos momentos y traerte más alegría en los buenos. Las canciones que escuchamos no hacen si no formar parte del soundtrack de nuestras vidas. Solo con escuchar una canción podemos llenarnos de todo tipo de recuerdos inmediatamente. Para mí, la canción de “La Puerta” de Luis Miguel y “El Vendedor” de Mocedades (si, yo sé, medio pavoso) siempre me llevarán a mis vacaciones en Margarita. Las escuchábamos una y otra vez, y aún chiquiticos nos sabíamos las letras de cada canción perfectamente. Y lo que más deseaba era entender qué significa vender la paz de un niño durmiendo. Eso se puede comprar?

Hay una canción para cada momento y cada ocasión de nuestras vidas. La canción “La Familia” de Pimpinela (yo sé, pavosita también) siempre me recordará a mi familia, pues nos describe a la perfección. Ya que realmente todos hablan a la vez, pero cuando las cosas van mal, a tú lado siempre están.

Con los años la música se va convirtiendo en un motivo para estar enamorado o despechado. En la adolescencia (o la temible aborrecencia, como le dice mi tía Lady Di) la música solo se convierte en un sueño. Nos imaginamos al Príncipe Azul cantándonos y dedicándonos una y otra canción, que nos digan Te Quiero, Te Quiero, Te Quiero mientras nos miran a los ojos. Tal cual comedia romántica fresita, ideal para ver en un avión. La música es tan importante en mi vida, que terminé enamorada de un cantante. No hay nada más rico que te escriban una canción y te la canten al oído.


Estoy segura que cada uno de nosotros podría crear un soundtrack llenando los momentos más importantes de nuestra vida. Recordando cómo la música ha formado parte de los mejores momentos de nuestra vida o cómo a veces una melodía fue suficiente para levantar nuestro ánimo. Una buena canción es capaz de inspirarte y motivarte a comenzar de nuevo, enamorarte, rehabilitarte y ponerte una sonrisa en la cara.



Un poquito de ti



Marcella Mágica

Siempre me ha gustado ayudar a los demás. Afortunadamente, los colegios en donde he estudiado han sido claves en desarrollar en mí ese interés. Los colegios américanos en general incentivan muchísimo la ayuda a la comunidad y a la gente que nos rodea. Los colegios me han llevado a participar en varias actividades sociales como visitar orfanatos, ancianatos, enfermos terminales de SIDA, ayudar a niños pobres entre otras cosas. Una de las cosas que más me afectó de vivir en la India fue lo importante que es ayudar a los demás. El American Embassy School (AES) es un colegio excepcional con facilidades que cualquier universidad podría envidiar. Los jueves en las tardes solían hacer una actividad llamada Reach Out. Esta consistía en abrir las puertas del colegio a la comunidad y asistir a la gente como fuese necesario. Habían médicos que atendían pacientes gratis y profesores dando clases a los niños. Por otro lado, se les daba ropa, comida, bebidas, cuadernos y una variedad de cosas a la gente que asistía. La India es uno de los países con más pobreza en el mundo entero, por lo tanto, a veces llegaban cientas de personas a recibir cualquier tipo de ayuda en el Reach Out. A los estudiantes nos invitaban a participar voluntariamente y yo decidí participar. La primera vez que fui al Reach Out me dejó impactada. Eran demasiadas personas con necesidades reales y fuertes. Probablemente lo más difícil era imaginar que luego de que se terminara la actividad, la mayoría de las personas ahí saldrían a dormir en la calle. De ahí pasé varios jueves en el campo de fútbol de AES hablando y jugando con niños Indios y enseñándole lo que había aprendido en el colegio durante la semana. Esto me llenó de un deseo fuerte de ayudar a los demás.


Unas de las personas que realmente impactaron mi vida en este sentido fueron Virgilio e Imary. Ellos son padres y personas que realmente admiro. Al nacer su hija Marcella hace unos años con parálisis cerebral, no permitieron que se les paralizara la vida. Virgilio e Imary actuaron. Han hecho todo lo posible por rehabilitar a Marcellita, pero más allá de esto, pensaron en los demás también. Ellos crearon una fundación llamada SuperAngeles para brindarle apoyo a otras familias con niños que sufren de lesiones cerebrales. Con esta fundación han creado conciencia y han ayudado y apoyado a decenas de personas, no solo en Venezuela si no en México, Perú y Puerto Rico, donde crearon sucursales de la fundación. Los verdaderos ángeles son Virgilio e Imary, por inspirar a tantos con su amor y cariño. Realmente es conmovedor el trabajo y la fuerza que los guía siempre y la dedicación que le tienen no solo a Marcella, si no a cualquiera que esté pasando por lo que ellos pasan.


Uno de los 'viejitos' del Ancianato

Hace unos años, mi papá decidió ayudar a financiar un ancianato en Gochilandia. Tenían años esperando que el gobierno les pusiera atención, pero no los ayudaban como era necesario. El ancianato es cuidado por una monja, viejita también, que ha dedicado su vida a ayudar a los demás. Cuando mi papá supo del ancianato, se enteró de que la Hermana y el enfermero que atendían a los ancianos lo hacían de gratis. Todo lo que les entraba a través de la iglesia lo gastaban en el ancianato. Nada quedaba para ellos. Afortunadamente mi familia pudo ayudar de cierta forma: avanzándoles la construcción y además ampliándolo para convertirlo en un orfanato/casa para 10 niñas. Todo esto aún está en proceso. El año que mi papá empezó a ayudar al ancianato decidimos que pasaríamos el 24 de diciembre en la tarde celebrando la navidad con los viejitos. Compramos hallacas, pan de jamón, refrescos, pernil, y ensalada y fuimos a pasar la tarde allá. Fuímos con la intención de ayudar a los viejitos y nos fuímos de ahí sintiendo que fueron ellos los que nos ayudaron a nosotros. Fue, para toda la familia, una experiencia realmente gratificante. Compartimos con ellos, les conversamos y ellos se desahogaron contándonos sobre su vida y sus experiencias. Esa noche, cuando llegamos a casa y vimos todos los regalos en el árbol para cada uno de nosotros, no pudimos evitar sentirnos egoístas. Tenemos tanto, y damos tan poco. La realidad es que no hace falta tener nada para dar. Tal es el caso de la Hermana que cuida a los ancianos. Si cada uno de nosotros diéramos realmente un porcentaje mínimo de lo que podemos dar, pienso que podríamos hacer cosas realmente maravillosas. A veces la vida se atraviesa y no nos damos cuenta que podemos hacer mucho por otros. A veces es tan simple como una sonrisa, un buenos días, un “te puedo ayudar en algo?” Tenemos que tomarnos el tiempo y alzar la mirada y darnos cuenta que realmente cada uno de nosotros tenemos la posibilidad (por más mínima que sea) de ayudar a otros. No solo es una experiencia que puede realmente facilitarle y alegrarle la vida a otra persona, sino que también te puede llenar a tí más de lo que te puedes imaginar.


* Para más información sobre SuperAngeles: http://www.fundacionsuperangeles.blogspot.com/
Si quieren colaborar de algúna manera con el Ancianato, pónganse en contacto conmigo.

21 de abril de 2010

Passage to India




Parte Uno

Una mañana de 1994 mi papá llamó a mi mamá a decirle que le acaban de informar en el trabajo que lo estaban transfiriendo para la India. Mi mamá, al terminar de hablar con él, colgó el teléfono y siguió durmiendo. Al despertarse creyó que todo había sido un sueño. Estaba equivocada.

La verdad, no recuerdo de cómo me enteré de que me iba a vivir a la India. Para mí, la India era desconocida pues no sabía ni siquiera ubicarla en un mapa (lógico para alguien de 10 años). Al principio, mis papás dudaron sobre si la mejor decisión sería irnos. Les regalaron un libro sobre cómo es la vida en India llamado India File y lo que hizo fue asustarlos. Nunca terminaron el libro y sencillamente tomaron la decisión. Nos iríamos a vivir a New Delhi, y, si no nos adaptábamos, nos regresaríamos.

Con eso, la decisión estaba tomada. Empacamos nuestras maletas y nos fuimos una última vez a pasar nuestras vacaciones en Margarita y Gochilandia. La despedida de la familia fue lo más trágico. La India es en el otro extremo del mundo, y, en esa época, se sentía aún más lejos, como en otra galaxia. No existía la internet comercialmente y para llamar por teléfono era complicadísimo. Nunca olvidaré la despedida en el aeropuerto de Gochilandia, todos llorábamos sin parar: Mis abuelos, tíos, papás, hermano y yo. Recuerdo que cuando subíamos las escaleras hacia el avión una señora me preguntó “por qué está llorando toda tu familia? Que pasó?” Probablemente yo, siendo esa señora, también hubiese preguntado.

Viajar a la India tarda, aproximadamente, 24 horas. Volamos en KLM hasta Amsterdam (que toma unas 9 horas), ahí esperamos unas 5 horas para el siguiente vuelo, y de ahí a New Delhi 10 horas más. La compañía nos pagaba pasajes en primera clase, y nosotros estábamos emocionadísimos. Nunca había viajado en primera clase y mi hermano y yo pasamos los dos vuelos cambiando los canales de los televisores personales sin parar. La emoción pasó a una mezcla de miedo y tristeza en el momento en que aterrizamos. Recuerdo con perfección que aterrizamos de noche, y ver a través de las ventana las luces de la ciudad y sentir una lágrima bajar por mi mejilla al caer en la realidad de dónde estábamos. En el momento en que se abrieron las puertas y nos bajamos del avión, entró un olor sorprendente a nuestras narices. El olor de la India es difícil de describir, es una mezcla de smog, calima, tierra, curry y especies; todo a la vez. Un olor que podría identificar perfectamente por el resto de mi vida. Te rodea inmediatamente, pues se encuentra en el aire. Toma varios días para que olor se vuelva imperceptible, pero la verdad, siempre está ahí. Lo primero que notamos al entrar al aeropuerto de Delhi fue el cambio de color. En la India todo tiene una tonalidad tierra. Fue como entrar en el túnel del tiempo; como conseguir un cajón lleno de fotografías color sepia y atravesarlas. El cielo estaba oscuro ya que era tarde en la noche, y con ese cansancio nos fuimos hasta el hotel. Queríamos verlo todo, reconocer la ciudad de golpe, pero no nos dió tiempo. En 10 minutos llegamos al hotel, y prácticamente directo a la cama.


En el Hyatt

Nuestro primer día en Delhi estuvo lleno de ansiedad. Mi papá tuvo que irse temprano a la oficina y mi mamá, mi hermano y yo nos quedamos en la habitación. La habitación quedaba en un piso alto del hotel desde la cual teníamos una vista interesante de New Delhi. Veíamos una parada de tren de la cual se bajaban cientas y cientas de personas de cada vagón, una piscina pública inmunda, completamente negra, gente por docenas caminando, paseando, carros antiguos, Hombres y policías caminando agarrados de mano, mujeres obreras con ladrillos en la cabeza. Veíamos mil cosas a la vez. Mi hermano y yo queríamos bajar a conocer el hotel, pero mi mamá no quería dejarnos ni salir de la habitación. Estaba asustada y abrumada por ese cambio tan radical de ambiente en el cual nos encontrábamos. Al fin llegó mi papá a la hora del almuerzo y bajamos a almorzar y explorar. Otra de las primeras impresiones que tuvimos en Delhi fue con respecto a la comida. Absolutamente todo lo que probábamos era picante, era difícil conseguir algo que no lo fuera. Por un buen tiempo mi hermano se alimentó de Naan (un pan parecido al pan pita) ya que no soportaba el sabor a picante. El hotel tenía varios restaurantes, y, sin importar si era Italiano, Francés o Japonés, todo tenía picante. Poco a poco nos fuimos acostumbrando al sabor del curry y el picante, poco a poco nos fuimos acostumbrando a la India.

Nuestro apartamento, el del toldo rojo


Permiso residencial

El Hyatt se volvió nuestro hogar por los próximos 3 meses. La casa donde nos tocaba vivir mientras conseguíamos algo más apto era completamente asquerosa. Llena de moho y de sucio. Mis papás decidieron quedarse en el Hyatt mientras conseguían algo nuevo. No fue fácil conseguir vivienda pues vendían casa insólitas. Una que nos gustó tenía una piscina hermosa, pero la piscina no tenía motor. Era, básicamente, un estanque de agua 'aparentemente' limpia. De tanto buscar eventualmente mis papás consiguieron un apartamento en Vasant Vihar. En ese momento la preocupación comenzó a girar en torno a amoblarlo. No traíamos sino la ropa necesaria. Era necesario comprar desde los cubiertos hasta las camas; tarea que demostró ser nada fácil. El primer día que nos llevaron al 'Shopping Center' llamado Vasant Lock nos quedamos estupefactos. No era ningún Shopping Center. Era algo así como el Boulevar de Sabana Grande con tiendas que parecían bodegones de pueblo. De un pueblo muy pobre. Ollas guindando del techo, aparatos en las paredes, todo un desastre. Uno por uno fuimos comprando cada utensilio y herramienta necesarios para formar un hogar. Los muebles fueron aún más complicados pues los estándares de muebles en la India son completamente diferentes a los nuestros. Había que tomar la medida de cada uno, no era tan sencillo como pedir una mesa para 6 o una cama Queen. A mi mamá le tocó medir lado por lado y altura para que los carpinteros los hicieran como queríamos.


Así, poco a poco, fuimos creando un hogar en New Delhi: con mucha impresión y temor sobre lo que podría ser nuestra vida allá. Poco nos imaginábamos que ese viaje cambiaría nuestras vidas y nos llenaría de recuerdos, momentos, y experiencias inolvidables y sobretodo que a partir de ese momento llevaríamos para siempre a la India en nuestros corazones.


Parte 2: Formando un Hogar


Vestida de India


Ina Market uno de los "Shopping Center'


Haciendo las cortinas en la sala de la casa

Cortando cordero con los pies....yummiii

16 de abril de 2010

I Have a Dream



Mi Carta al niño Jesús 1991 aprox.

Cuando somos niños, soñamos con cosas que a veces no tienen sentido. Recuerdo que a los 4 años participé en un concurso que hizo Oscar Mayer en el cual uno debía dibujar lo que que quería ser cuando grande. Yo, como todas las niñas de este país, quería ser Miss Venezuela. Se me ocurrió que podría ser un problema el hecho que yo había nacido en Brasil, y por lo tanto, dibujé a Miss Brasil.


A medida que uno va creciendo, sueña con cosas diferentes. Sueña con el olor de una caja nueva de Prismacolor, o el sabor de la Frescolita. Sueña con las vacaciones. Sueña con despertar y encontrarse al niño Jesús (o a su fiel ayudante, San Nicolás) poniendo los regalos en el arbolito. Cuando uno es niño uno desea cosas que no tienen ni pie ni cabeza. Cosas imposibles que en nuestra mente se pueden realizar.

Nuestra vida está hecha de sueños e ilusiones. Hoy en día me preocupo por otro tipo de sueños. Sobretodo, sueño con una vida feliz. Cuando pequeña recuerdo que los años pasaban en cámara lenta. Desde que nos íbamos a donde viviéramos hasta las vacaciones del año siguiente pasaban mil cosas. Crecíamos, jugábamos, hacíamos tremenduras de todo tipo. Cuando llegaba el momento de volver a Gochilandia de visita, teníamos miles de historias por contar. Hoy en día quisiera poder poner Pausa. Que mis primos no crezcan, mis tíos no envejezcan y mis abuelas se queden donde están. Poder detener el tiempo. Eso sí, cambiando una que otra cosita:

A mi mamá siempre le ha encantado sembrar plantas a las que llama sus niñas o, para mi, mis hermanitas. Es más, nos obligaba a mi hermano y a mi a hablar con las plantas para que se pusieran bonitas. Por eso hoy en día sueño con un jardín para mi mamá: lleno de orquídeas (ya que nunca se le dieron), bromelias, y la flor de Casa Loma. Y sueño con la cámara de fotos más nueva para que ella les pueda tomar fotos. Mi papá vió la película de Father of the Bride cuando yo tenía como 11 años. Lloró como un niño chiquito. En ese momento él soñaba con que ese día nunca llegara. Hoy en día sueño con que me camine al altar. Sueño con, algún día, verlos cargar a sus nietos. Sueño con ser la mitad de buena madre de lo que han sido ellos, con poder devolverles todo lo que me han dado. Sueño con ser tan feliz como ellos han sido. Quiero a muchos sobrinos alegres. Quiero que mi hermano le enseñe a su hijo a ser un pitcher zurdo (zurdo como yo). Sueño con que él esté en el estadio el día que los Seattle Mariners ganen la Serie Mundial. Sueño con que Nani quiera a Samba. Sueño con que todos vivamos en el mismo lugar y así compartir risas, lágrimas y alegrías. Sueño con cientos de años nuevos más en Margarita.

Cuando era chama soñaba con que me agarraran la mano, con una mirada más. Hoy en día sueño con eternos amaneceres a su lado. Sueño con estar en el público cuando reciba su primer Grammy. Con que algún día alguien trate de medir su talento y se dé cuenta que no existe regla suficientemente larga para alcanzar esa distancia. Sueño con que sus letras nunca terminen y me escriba una canción más. Sueño con su sonrisa y con enseñarle el mundo, tal como yo lo conocí.


Cuando era pequeña, soñaba con que nos mudaran a algún lugar mágico, lleno de historias por conocer. Nos mudaron a la India, y así, ese sueño se cumplió. Hoy en día Sueño con Venezuela. Una Venezuela en libertad para poder criar a mis hijos aquí. Con que algún día la mano de la justicia le llegue a desde los que han robado, hasta a los que se colean en el tráfico infernal de esta ciudad. Sueño con que algún día nos demos cuenta en verdad lo fácil que es ser un buen ciudadano. Sobretodo con el día en que en vez de gritos, se usen los abrazos y las palabras.

Sueño con escribir y con que me lean. Sueño con poder decirlo todo. Sueño con ganar premios absurdos y con tenerlo todo sabiendo que todo en verdad es nada. Con éxito bañado en sonrisas. Sueño con ganar jugando Póker y ser la reina de Cranium. Con que siempre haya más por conocer; algo más que buscar en Wikipedia. Sueño con comer y no engordar. Sueño con vinotinto, quesos, y risas. Con otro Carnaval en Río y un Holi más en Delhi. Con ver una final de un mundial de Fútbol y a los Leones quedar campeones de nuevo. Con volver a Tailandia y un paseo en carro por la Toscana. Con baños en el mar, atardeceres anaranjados, y la arena entre mis pies. Sueño con una viaje más a la finca para montar en un caballo de nuevo. Sueño con Jaime. Sueño con mis abuelos, y con que algún día los volveré a ver.

Sueño con enfrentar la vida con coraje y fortaleza, y con tener el valor para hacer lo que me haga feliz. Sueño con nunca negociar mi dignidad y siempre tener la conciencia limpia. Sueño con planear menos y dejar fluir más. Sueño que nunca se acaben las oportunidades y siempre tener un motivo más. Con cambiar al mundo y ayudar a niños. Sueño con dejar de soñar para poder dormir. Sueño con no soñar. Sueño con hacer.

8 de abril de 2010

La Perla del Caribe


Mis primos, mi hermano y yo (Gerson es el de la izq)


Desde que tengo uso de razón he pasado mis vacaciones en la Isla de Margarita. Como estudiaba en colegio americano, salíamos de vacaciones a finales de mayo. Por lo general nos íbamos a Gochilandia y a la Finca unas semanas y de ahí partíamos a la soledad de Margarita. En esa época no era tanta la gente que íba a la isla. Los colegios venezolanos salen de vacaciones en julio y nosotros llegábamos a la isla a principios de junio. Ahí pasábamos hasta mediados de agosto. Como se podrán imaginar, regresábamos a donde fuese que viviéramos pareciendo los hijos del heladero.

Margarita era un paraíso para las compras (hoy en día lo sigue siendo). Tenía la particularidad que era de los pocos lugares en Venezuela donde se conseguía cualquier cantidad de productos importados. Rattan era EL paraíso, pues uno conseguía las mil variedades de chocolates americanos. Mis papás nos llevaban a Rattan el día que iban a hacer compras y nos decían que llenáramos el carrito de supermercado chiquito de lo que quisiéramos que ellos nos lo regalarían. Eso era lo máximo. Mi hermano mis primitos y yo corríamos por los pasillos como si eso fuera Disneylandia. Echábamos caramelos, chocolates, colores, dulces, de todo. Mi primo Gerson siempre viajaba con nosotros para Margarita en las vacaciones. Como mis tíos no lo dejaban comer casi dulces porque era alérgico al Amarillo # 5 (colorante que se encuentra en los Cheese Tris, Pepitos etc. - es decir, ese pobre niño no tuvo infancia), él llenó su carrito de Rattan de leche, yogurt, cereal, y huevos la primera vez. Mis papás tuvieron que explicarle que la idea es que aprovechara y agarrara caramelos y chocolates. Está de más decir que Gerson se volvió loco agarrando todo lo que conseguía.


Con las compras de Rattan

En esa época no existía el Sambil, y el único Sigo era el inmenso que quedaba en el otro extremo de la isla al cual íbamos a comprar los cuadernos para el siguiente año escolar o algún electrodoméstico. El shopping en esos tiempos era mejor conocido como la Avenida 4 de Mayo (día de mi cumpleaños) y el Mall Los Conejeros. Ese desastre era lo que más caracterizaba a la Isla de Margarita. Callecitas de calor infernal pero con tiendas (o copias originales) como Tommy Hilfiger, Sebago o Levi’s. En Conejeros tenían toda la variedad de copias de perfumes. Nunca me explicaré como hacían para tener One de Calvin Klein y que oliera exactamente como el original. Ahí comprábamos las medias y los pañitos de cocina. Todos los años lo mismo. Debe ser que la muérgana de la secadora se hacía de las suyas y siempre se tragaba una media del par.

La playa a que más íbamos era a Guacuco. Siempre he pensado que es la mejor playa de Margarita. La mejor prueba es que los fines de semana está full de gente que vive en la isla. Ellos saben de sus playas, y por algo van es a esa. Nosotros nos quedábamos en Terrazas de Guacuco, que queda al cruzar la calle de la playa. Mis papás se paraban temprano y bajaban a la playa y mi hermano, mis primos y yo bajábamos después de despertarnos más o menos al mediodía. Nuestro desayuno eran las empanadas de la playa. En esa época uno hundía los pies en la arena y sacaba guacucos con facilidad. Seguramente nos veíamos graciosos bailando el twist con un pie tratando de sacar guacucos para hacer unos espaguettis en la noche. Por otro lado, mi abuela, la colombiana, se metía en el mar y se llenaba el traje de baño de algas porque son buenas para la piel mija. Era bastante gracioso verla caminar con algas guindándole del traje de baño. Así pasaban mis vacaciones. Si no estaba en el mar con mi tablita rosada Morey Boogey, estaba en la orilla gritando Heladerooo y comiéndome un Súper Tornado (Siempre Efe, por supuesto).

En las tardes subíamos a la piscina más rica de Margarita. Como le da el sol las 24 horas del día, tiene un calentador natural que la pone tibia durante todo el año. Por cierto, calor que causaba, año tras año, infecciones en mi oído. En mi adolescencia, disfrutaba mirando a los pavitos de Caracas. Todos surfistas por supuesto. Una vez cometí el grave error de bajar a la piscina una carta que le estaba escribiendo a una amiga (no se usaba el email aún). Cual fue mi desgracia al ver que los caraqueños (y en especial el que me gustaba) encontraron mi carta y la leyeron en voz alta. Fue especialmente atemorizante escucharlos leer la parte en cual decía que habían unos caraqueños que eran bellísimos en Terrazas. Mi verguenza no terminó ahí, ya que mi valiente primo Gerson decidió rescatar mi carta y llamarme a todo pulmón al otro extremo de la piscina, feliz porque la había conseguido Fabianita!! Aquí está su carta!!! Como dirían en la revista Tu!, solo quería que me tragara la tierra. Pasé el resto de las vacaciones obligando a los demás a llamarme por otro nombre para que no se dieran cuenta que había sido yo la autora de esa terrible carta.



Hoy en día Margarita es diferente. Ya la gente no va a la Avenida 4 de Mayo ni a Conejeros ya que está el Sambil y ahora La Vela. Ahora la gente va a playa Parguito porque es la playa más cool. Ya no existen ni Señor Frogs ni Sevillanas, y la rueda de Diverland da vueltas con varios carritos menos (lo que no inspira mucha confianza). Playa Guacuco no tiene guacucos, y a las tetas de Maria Guevara les vendría bien una cirugía para ponerle prótesis. Los heladeros te venden Efe, Tío Rico, o Bon Ice, lo que tengan en la cava (porque ya ni carrito tienen). Pero con todo y eso, qué sabrosa es esa isla. Ha crecido y tiene restaurantes y locales espectaculares. Pampatar se ha ido conviertiendo poco a poco en una zona gastronómica con locales cada uno más hermoso que el otro. La playa sigue siendo sabrosa, la gente sigue siendo amable. Ahora es en Sigo donde se consiguen los mejores productos importados.

Margarita es una huella en el corazón de los venezolanos. Es nuestra Ibiza, nuestro secreto mejor guardado. Para una gran parte de nosotros, Margarita es una puerta a nuestros mejores recuerdos y por lo tanto, siempre estará en nuestros corazones.