25 de noviembre de 2010

India Parte III: A Big, Fat, Indian Wedding


Yo sentada entre los novios

Al poco tiempo de habernos mudado a New Delhi, tuvimos la oportunidad de experimentar una de las grandes tradiciones Hindúes: el matrimonio. En ésa época mi papá tenía un chofer (porque en la India si no tienes chofer no te puedes movilizar - el tráfico merece un post completo) cuya hija se casaba. El gran honor para un chofer que venía de una casta baja (es decir, de una clase social baja -- en la religión Hindú uno nace en su clase social y nunca puede salir de ella) era que su jefe, un gerente en una empresa petrolera, fuese a la fiesta de su hija. Por supuesto no dudamos ni un segundo en aceptar la invitación para así empaparnos un poco de la cultura Hindú.

Ese matrimonio fue un gran impacto para nosotros ya que era la primera gran demostración de lo contrastante y diferente que son nuestras culturas. Entramos a la ceremonia como unos inexpertos y salimos de ahí graduados en el tema. Al llegar a la fiesta, lo primero que nos sorprendió fue una gran procesión de músicos y bailarines en la calle que venían acercándose cada vez más a la recepción. Al indagar nos enteramos que eran familiares y amigos del novio que van por las calles aledañas al salón bailando y cantando, y de esa manera acompañando al novio a su gran llegada. La música y los bailes eran completamente diferentes a cualquier cosa que hubiese escuchado en mi vida. Era tocada por una especie de mariachis con turbantes que daban vueltas y alzaban las manos al igual que el resto de los invitados. Nuestro primer gran shock fue darnos cuenta de que el novio es el gran protagonista en este evento. En la entrada de la ceremonia, nombraban a los familiares masculinos, principalmente del novio, y les entregaban collares de flores; una especie de homenaje asumo yo que haber nacido hombres más que por cualquier otra cosa. Para nuestra sorpresa, el novio llegó al evento con una máscara que le tapaba la cara completamente. Entonces vino nuestro segundo gran shock cuando nos explicaron que estábamos presenciando un matrimonio arreglado y que los novios aún no se conocían.


El novio llegando a la ceremonia con una máscara cubriendo su cara

Básicamente la historia es la siguiente: la familia de la novia coloca un aviso en el periódico que dice algo como Caso a mi hija. Es buena cocinera, limpia bien, buena muchacha, súper chévere. La familia del novio contacta al padre de la novia y se negocia un precio el cual el padre de la novia debe pagar al del novio para comprar un esposo para su hija. Este pago se realiza con un dote o dowry que el padre ha estado ahorrando desde el día que ella nació. Al terminar la negociación, la pareja va por separado a verse con una persona que realiza quiromancia (lectura de la mano) y así se comprueba si son realmente compatibles. En ese caso se procede con la ceremonia matrimonial en donde se conocerán por primera vez. Luego de una corta luna de miel, la ahora esposa se va a trabajar donde su suegra como empleada durante unos meses. Es el momento en el cual la suegra se desquita por las maldades que en algún momento le hizo su suegra a ella; de esa manera pone a su nueva nuera a hacerle masajes en los pies todos los días y a realizar los más cochinos trabajos de limpieza. ¿Simpático eso de los matrimonios arreglados no?

La ceremonia comienza cuando el novio entra al salón y se consigue con su futura esposa por primera vez. Los paran cara a cara y el purohit (cura) recita varios mantras y habla sobre el significado del matrimonio mientras le quitan la máscara al novio y por primera vez la pareja se mira a los ojos. Luego se colocan el uno al otro un inmenso collar de flores que simboliza lo que para nosotros el intercambio de anillos: una alianza. La verdad, nosotros no entendíamos nada porque todo era en hindi, pero estábamos fascinados observando el proceso. A pesar de ser un momento muy emotivo, la cara de éstos novios en particular era de total seriedad. Imagínense, se están viendo por primera vez y son, en ése momento, marido y mujer. Seguramente nada fácil de digerir para ninguno de los dos, por más que sea parte de su cultura.

Quizás lo más curioso de todo es que al finalizar la ceremonia, sientan a los novios en un altar y sube la gente a felicitarlos y darles regalos. Nosotros, siendo un poco inexpertos en el tema, llevamos un sobre con dinero como obsequio; cosa que se acostumbra hacer mucho en nuestra cultura. Lo que no sabíamos es que los regalos monetarios en verdad van al padre de la novia para ayudarlo a recuperar su inversión. Durante horas están los novios sentados en su altar, sin cruzar ni una palabra, recibiendo la felicitación y abrazo de los invitados. Al finalizar la fiesta y ceremonia, los nuevos esposos se retiran a su cuarto en donde, para romper el hielo, el novio debe buscar su nombre que está escrito en hena, escondido en los brazos de su nueva esposa.

Salimos de aquella fiesta sorprendidos de lo diferentes que son nuestras culturas. Ahí descubrí por primera vez que nuestras formas de ver el mundo son completamente diferentes. No dudo que para ellos intercambiar anillos en una iglesia es igual de extraño que para nosotros la manera en que ellos hacen su ceremonia. Debo aclarar que no todas las bodas en la India son arregladas, y que cada ceremonia varía dependiendo de cada tradición familiar por lo que no todas son como la que nosotros atendimos.

Un aviso en un periódico, un anillo de diamantes, hena en los brazos, un vestido blanco, un cura o un purohit; son maneras de celebrar el matrimonio muy contrastantes y diferentes. Cada una viene acompañada de tradiciones y valores que nos enriquecen y nos hacen genuinos. Pero ésas diferencias también nos muestran que en el fondo somos todos iguales. Todos vivimos nuestras vidas buscando lo mismo: amor. Todos queremos amar y ser amados, una compañía que camine siempre a nuestro lado y una persona que presencie nuestra vida.

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Aquí les dejo un clip de la ceremonia y el momento en el que subí a sentarme entre los novios. Es interesante ver la cara de los dos (completamente seria) durante toda la filmación.


22 de noviembre de 2010

Diez Mantras Paternos que le Arruinan la Convivencia a los Hijos



Este post es parte del libro de Toto Aguerrevere "Cuentos de Sobremesa"basado en los escritos de su blog Conversations Overheard at the Mad Hatter's Tea Party recomendadísimo el blog y el libro! Aunque no es mi cuento, podría serlo ya que sí, es algo que también Aprendí en el Bosque. Disfrútenlo y compren su libro en Tecniciencias!

Por cierto me identifico con todos, incontables veces oí a mi mamá y mi papá decir probablemente cada una de las cosas en ésa lista. Creo que a los papás les insertan un chip con frases qué decirles a sus hijos para regañarlos en el momento en que nacemos. Probablemente el día que yo tenga hijos, a mi también me insertaran el mismo chip.

Diez Mantras Paternos que le Arruinan la Convivencia a los Hijos

1. Atiendeeeeee: Miren, la última vez que uno atendió el teléfono de la casa era un señor cobrando una factura que Ustedes no pagaron. La penúltima vez, era su mejor amiga que llamaba para ver cómo le había ido a Ustedes en el dentista. Llamada, por cierto, ilógica. La antepenúltima vez era el señor colombiano que le cobra no se qué cosa a Josefa cada quincena y las demás cien mil veces era la abuela inoportuna. Uno no atiende el teléfono porque le da fastidio. La razón es que siempre, siempre, siempre es para Ustedes. Lo mejor es cuando están en la parte de arriba de la casa y empiezan a gritar “atiendeeeeeeeee” como hienas y en eco. La respuesta “si no es para mí” se dice con bastaaante cariño y paciencia. La frase “Mamáaaaaaaaaaa, agarra el teléfono” tiene toda la connotación de odio que se merece por obligarnos a pararnos del sofá sin razón alguna.

2) Es que tú no colaboras: Esta frase es consecuencia de una orden anterior estilo “ayúdame a poner la mesa” Por lo general, dado que ninguno de Ustedes parió soldados de Buckingham, nosotros estamos haciendo algo en el momento en que lanzan la orden. Sí, es completamente inoportuna pero uno tiene la decencia de quedarse callado, terminar rapidito lo que está haciendo y bajar a poner la mesa. Pero que pase un milisegundo, para que ya empiecen con el cuentico del egoísmo por la falta de colaboración. Ya vaaaaa. Sabemos que lo tenemos que hacer, y no va a ser en media hora. Es en tres minutos y medio. Pero que pasen diez segundos sin reacción. Pasamos de ser hijos pródigos a hijos que no lavan ni prestan la batea.

3) No es No, 'Ene O', No: Llega un momento en toda vida de hijo en que nos rendimos a la hora de preguntar si podemos hacer algo o no. Lo hacemos y punto. Porque la verdad, nos dijeron tanto que no, que tuvimos que hacerlo igualito para poder tener una vida social que no nos llevase a ser ermitaños y terminar aniquilándolos como Anthony Perkins en Psicosis. El “no puedes” adolescente se tornó en un “no me parece” en la vida adulta. Eso, lo hacen los padres que emplean psicología autoritaria. Los que tratan de sacar remordimiento utilizan “¿Pero por qué vas a salir? Mejor no salgas, quédate hoy.” Pero lo peor, para que lo sepan, es cuando juran que somos analfabetos y comienzan a deletrear la palabra “no”. Provoca responderles: “Muy bien. Ahora deletrea la palabra ‘impermeabilización’.”

4) Esto no es un hotel: Amamos cuando se disfrazan de Concierge para entrar a nuestros cuartos a una hora donde ni los pájaros se han levantado. Como si les diese rabia que otra persona pueda dormir más que Ustedes en un domingo de Ramos. Es tremendamente antipático encerrarnos para que no entren o poner una señal de “Do Not Disturb” , porque la verdad es que es su casa y nos dan un time-sharing gratis. Pero uno pensaría que tener la decencia de subir las escaleras a las cuatro de la mañana, cual ratero rascado disfrazado de mimo Ninja para no despertar a nadie, sería un servicio social comunitario en su beneficio. Craso error. Que Ustedes desayunen o almuercen sin nuestra presencia es pecado mortal. Como si volver a calentar un pasticho fuese una tragedia china.

5) Pon eso en un platico. Uno entiende que las mamás están demasiado orgullosas de sus vajillas de “cuando yo me casé”. Que se puede ir el marido, la señora de servicio, el loro y los hijos pero esa vajilla permanece intacta y custodiada bajo siete llaves. También entendemos que esa vajilla tiene una serie de platos, semi platos, excusas de platos, platones, platitos y plátanos que conforman un todo del cual, francamente, jamás sabremos cuál es el de la ensalada. Pero mamá, vamos, es domingo, diez de la noche y me hice un sanduchito de queso y no lo derretí porque me dio flojera. ¿Por qué diantres tengo que dármelas de cena presidencial y ponerlo en un platico cuando me lo estoy comiendo como si estuviese en una cantina? Igualito con el individual. Un pedazo de trapo en cien mil variedades que hay que poner, porque si no las constelaciones se juntan y el arca de Noé nos deja chapoteando. Dale pues, el Pirulín me lo como en un platico. Y aún así, siempre va a ser: "No vale chico, ¡en ese platico no!"

6) ¿Y con qué culo se sienta la cucaracha? Ahhhhh, el sórdido tema de la moneda. La verdad es que pedirles plata a Ustedes es un proceso que si supieran. Hay que agarrarlos cuando están felices, entonados, ocupados o dormidos. Basta que estén en un momento lúcido para que nos salgan con este criollismo. Admitimos, hasta ahora no ha habido un hijo estilo Sheldon Cooper para ponerse a hablar de la cucaracha con Ustedes. Porque eso es lo que se merecen, una cátedra cucarachera por venirnos a salir con semejante frase. ¡Y que Dios nos libre que un hijo encuentre el árbol sagrado! Ese mítico árbol al que se refieren Ustedes cada vez que preguntan "¿y tú crees que yo tengo una mata de dinero en el jardín?" No estamos buscando desfalcarlos pero que nos salgan con eso, cuando uno lo que está pidiendo es un miserable billetico de Luisa Cáceres de Arismendi mientras llega al cajero, solo comprueba que Ustedes tenían unos papás pichírrisimos.

7) Es que tú no cuidas las cosas: Esto se toma como un insulto personal. Un hijo que les enseñó a jugar Nintendo, a prender un DVD, a cambiar de canal con el control remoto y a decirles que Hotmail no era una página pornográfica, se merece más respeto. No chocamos, nos chocaron. Hay una diferencia enorme. Dígannos cuando perdemos la cartera. Eso da pie para que se disfracen de emperadores del mal presagio. Sólo porque pusimos la cartera en el comedor y se nos olvidó, ya da pie para que salgan con todo un drama que hay que mandar a cancelar las tarjetas, la cédula y cien mil documentos. Que se les pierda a Ustedes los anteojos. Cosa que por cierto, jamás es una afirmación. Siempre hay una presunción de robo: “¿Quién me quitó mis anteojos?” Nota: el 99.9% de las veces que claman que les robamos los anteojos, los tienen encima de la cabeza. Pero admitimos que es cuchi cuando responden “aquí ‘tan”.

8) Esta es mi casa: ¡Como les gusta jugar al Señor Presidente! Nosotros les respetamos la frase porque sabemos, desde muy temprana edad cuando nos prohibieron jugar en el salón, que somos unos invasores. Que tuvimos que perder todo el pudor gracias al temita de “no te encierres con llave” y que “bájame el perro del sofá” aplica para todo el mundo menos cuando a Ustedes les da por cariño perruno. Entendemos que podemos dejar regada la moralidad, la virginidad y las buenas costumbres pero que dejemos tirado un zapato es visto como una ofensa personal al orden del Cosmos. Ésta la perdonamos, porque es chévere jugar al Estado. La perdonamos porque cuando nos mudemos de la casa, vamos a mandar a VTV el video en donde salen Ustedes gritando “¡No Volverán!” Que quede constancia, cuando sean unos chochos y vengan a pedir cacao que quieren que nos volvamos a mudar con Ustedes.

9) Así tú no sales: Explicarles la moda a Ustedes es difícil. Hay padres que lo han entendido. De esos nos burlamos. Sobre todo, las mamás que decidieron que era chic ponerse leggins igualitos a los de sus hijas de dieciséis. Faux pas. Pero llegamos nosotros, que no sabemos nada del mundo, a salir con un blue jean con un hueco y una franela raída y Ustedes se lanzan una de Joan Rivers en Fashion Police. ¿Qué pasó? Nadie se ha metido con el hecho que Ustedes se ponen los pantalones brincaposos o que dejan la marca de la pintura de labio en el pitillo. Nadie. Se les quiere precisamente por no tener fashion sense alguno y salen de dictadores a decir “así tú no sales”. Bueno, por lo menos no son esas mamás que andan por la vida diciendo que uno se tiene que poner interiores decentes, no vaya a ser que tenga un accidente ho-rren-do y el médico en la clínica nos vea con malos ojos. ESA sí es la profecía del desastre.

10) Si sigues así no vas a llegar ni a los treinta: Nos encanta que siempre nos dijeron cosas como “si quieres ser bailarín de Venevisión, échale plomo pero sé el mejor”. Esa frase nos asustó de por vida, razón por la cual hoy somos unos marginados detrás de una computadora con un cargo ilógico de “Analista”. Pero se pasan. Sólo porque nos quedamos dormidos UNA SOLA VEZ, o porque nos gusta echarnos el traguito después de la oficina, no nos hace merecedores del foso donde a veces nos meten. Como cuando nos sacan en cara su propia biografía en Wikipedia: “Cuando yo tenía tu edad, ya tenía a mis tres hijos, mi casa y enterrado dos perros”. ¿Qué psicología del desastre es esa? Esa comparación no puede hacerse por una sola razón: todos Ustedes estaban de farra cuando pasó el 4,30. Nosotros, los herederos de las malas consecuencias. Es lógico que nos queramos echar un palo. ¡Nos legaron un mundo horrible que se les fue de las manos!

19 de noviembre de 2010

La Evidencia

Aquí queda la evidencia de mi Post anterior (y para que quede claro que yo no soy la única con acentos enredados). El de la izquierda es mi hermano (que aunque no lo crean, es venezolano jaja), el de la derecha un amigo de él del colegio (Eduardo) y la voz que se oye de fondo sí soy yo. Por supuesto, esto fue en España. Disfruténlo!!


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Españoletos

Y yo y que ¿quéeee?


Video de César Muñoz - Cantando como todo un caraqueño - No lo dejen de ver, se van a reir!

Una de las cosas más complicadas de criarse en varios países es aprender a encontrar una propia identidad verbal. No es fácil adaptarse a un acento específico cuando estás rodeado de tantos acentos; los cuales además cambian cada 2 años. Mi primer idioma, por supuesto, fue el español, sin embargo, el acento no lo tenía muy claro. Aunque mis papás se fueron de Gochilandia hace muchos años, todavía tienen un acento gocho (sobretodo mi mamá); y es que es un acento difícil de quitar. Cuando uno crece escuchando ese acento en su casa todos los días, es inevitable que uno también termine hablando gocho. Esto fue así para mi a pesar de que nunca he vivido en Gochilandia.

La verdad es que mi acento variaba dependiendo de la persona con la cual estaba hablando. Si por ejemplo estaba en Caracas, mi acento era un gocho-caraqueño. Si estaba en España, era un españoleto-gocho, y, por supuesto, cuando iba a Gochilandia, el acento gocho salía a su máximo esplendor. Se desaparecía del todo la palabra de mi vocabulario y era reemplazada siempre por el usted. Y es que ése ha sido un dilema por el cual he pasado durante toda mi vida. Nunca he tomado una decisión consciente de cambiar mi acento, más bien ha sido como un switche que se pasa dentro de mí y que simplemente no puedo controlar. Hoy en día mi acento se mantiene bastante firme en un caraqueño gochificado, claro está que depende con quien estoy hablando. Cuando mis amigos durante el bachillerato me visitaban a mi casa, yo la rogaba a mi mamá que no me hablara para que no se me saliera el acento gocho delante de ellos. Y es que para mí es imposible hablar caraqueño con mi mamá o gocho con mis amigos caraqueños. Sencillamente no me sale el acento, es como si no supiera de su existencia.

Cuando me mudé a Miami decidí que tenía que hacer todo mi esfuerzo por controlar mis cambios de acentos. Miami es una ciudad compuesta principalmente por cubanos, colombianos, argentinos, ecuatorianos y venezolanos, y temía por el acento que quedaría si me dejaba influenciar. Es por eso que cuando me fui a Miami exageré el acento venezolano (principalmente el caraqueño) para asegurarme de no perderlo. Mis oraciones estaban compuestas por chama, osea, demasiado, burda, x, y por supuesto (aunque lamentable) el dulcísimo marica.

Sin embargo, lo más gracioso y particular de Miami no fue mantener el acento, sino conseguir la forma de entendernos entre personas de varios países sin que se prestaran a confusión las palabras. Más de una vez fue precisamente ésto lo que ocurrió. Con el tiempo aprendí que no se puede decir arrecho en frente de un colombiano, y que debo tener especial precaución cuando ellos dicen que se comieron a una vieja. En varios países las chichis son lo que para los venezolanos las lolas; y dependiendo del país, una mujer es catira, mona, rubia o loira.

En definitiva, el idioma y los acentos son unas de las cosas más enredadas para una persona que crece como crecí yo. Uno creería que es fácil definir un acento y una manera de hablar, pero cuando desde pequeño estás oyendo tantos coloquialismos y acentos diferentes, definitivamente cuesta mantener una identidad verbal.



Entre venezolanos, colombianos y ecuatorianos en Miami

9 de noviembre de 2010

Mi Secreto



Creo fírmemente en el poder de la mente y cómo puede afectar nuestra vida. Siempre me he considerado una persona muy positiva, pues trato de verle el lado bueno a todo. Probablemente esto lo heredé que heredé de mi mamá ya que es una de las personas más positivas que conozco, y por lo tanto, alguien que (Gracias a Dios) está siempre rodeada de cosas buenas.

Confieso que esto de ser positiva lo empecé a aplicar conscientemente apenas hace unos pocos años. Vivía aún en Miami cuando escuché a Oprah hablar por primera vez sobre El Secreto. Un libro de culto que terminé comprando y leyendo atentamente. Básicamente, el secreto es que la clave del éxito es ser positivo para así atraer las cosas que más queremos a nuestras vidas. La verdad, al principio me pareció medio ridículo el asunto ¿se supone que tengo que pensar que algo bueno me va a pasar y luego debo esperarlo de brazos cruzados? Eso sonaba demasiado fácil. Mi opinión cambió ligeramente cuando me empecé a fijar en la gente negativa. La gente que siempre espera que algo malo les va a pasar es como un imán ya que siempre les pasa lo peor. Ahí fue cuando decidí que no tenía nada que perder y empecé a aplicar el famoso secreto.

El secreto me funcionó en muchos sentidos. Empecé a ser más positiva y cosas buenas empezaron a sucederme. Nada fuera de este mundo, pero sí algunas significativas. Un anécdota gracioso de algo que me ocurrió empezó cuando me regresé a Caracas de Miami. Estaba trabajando en una agencia de publicidad (Leo Burnett) y a punto de participar en un concurso que hace ANDA (Asociación de Anunciantes de Venezuela) todos los años para jóvenes creativos. El ganador de éste concurso es enviado a Francia para participar en el Young Creatives del prestigioso festival de Cannes. Tratando de seguir la onda de ser positiva, coloqué una foto en mi cuarto de mi compañero de trabajo (Julián) y yo cargando un León de Cannes en las manos. Esto no me ayudó para nada ya que no me gané el premio de Jóvenes Creativos y no fui a Cannes. Sin embargo, la foto se quedó en mi pared por meses ya que se me olvidó quitarla.

La gran sorpresa ocurrió este año cuando ése mismo compañero ganó el concurso de Jóvenes Creativos para luego irse a Cannes en donde también ganó un León en el festival (el primero en la historia de Venezuela). Por supuesto, sería una locura que yo me diera crédito y dijera que el Cannes se lo ganó gracias a mi foto. Julián es un brillante creativo venezolano que trabajó mucho para llegar a Francia y se lo tenía bien merecido. Esto no quita que cuando me conseguí a mis antiguos compañeros de trabajo todos se rieran y bromearan diciendo que yo tenía una foto de Julián con un León de Cannes en mi pared y por eso había ganado. Estoy empezando a considerar seriamente poner fotos de amigos mios con premios en sus manos en mi pared y cobrarles si llegan a ganar.

La verdad es que es muy fácil sentarme aquí y escribir sobre lo maravilloso que es ser positivo, pero otra cosa completamente diferente es aplicarlo. Si algo no he aprendido en ningún bosque es a ser paciente. He tratado y sí considero que he mejorado muchísimo, pero muchas veces me desespero porque quiero que todo sea para ayer. Heredé lo de dar vueltas en la cama durante la noche sin dormir, preocupada de que todo salga bien; y es algo que difícilmente dejaré de hacer. Creo que el miedo muchas veces se apodera de nosotros y por más que tratemos de ser positivos, no podemos evitar las dudas que sentimos en el fondo de nuestros corazones. En momentos así trato de recordarme de que todo saldrá bien, de que las cosas pasan por algo y todo llega en su momento. El tiempo de Dios es perfecto.

Aún con mis momentos de dudas trato de mantenerme positiva. Todas las días rezo una oración que yo misma creé en la que doy gracias a Dios por lo que tengo y por lo que aún no tengo pero sé que con esfuerzo y suerte, lograré. Todo esto me ayuda a estar centrada y esperar siempre lo mejor de la vida. Con el tiempo me dí cuenta de que (para mi por lo menos) no se trata de ser positivo y de cruzarse los brazos a esperar. Mi secreto se trata de estar abierto a lo bueno que tiene la vida. Se trata de tener fe de que todo va a salir bien. Sobretodo se trata de trabajar y esforzarse para que todo funcione a nuestro favor. Despertarse cada mañana sabiendo que el día está lleno de posibilidades y oportunidades y que todo lo bueno puede pasar.

5 de noviembre de 2010

Connecting the Dots



Este es uno de los discursos que más me ha impactado y me ha gustado ver. Lo subo porque se los recomiendo 100% y está un poco atado a mi más reciente post: Decir Adiós. Y es que en definitiva, uno no sabe las vueltas que da la vida. Muchas veces vemos una puerta cerrarse y no entendemos por qué nos está pasando. Maldecimos y nos lamentamos porque sentimos que nada pasa como queremos que pase. La verdad es que la vida es mucho más complicada que éso.


Creo fírmemente en lo que dice Steve (así le digo porque no nos caigamos a cuentos, el tipo es pana) sobre conectar puntos. En algún momento, todo tendrá sentido. Cada experiencia, buena o mala, tarde o temprano nos dará alguna lección importante. Al final, los puntos se conectarán y nos llevarán exactamente a dónde tenemos que estar.

Decir Adiós

Luego de nuestra despedida en Caracas, vía España

Para muchos es difícil imaginarse una vida en la que cada 2 años te estás mudando de ciudad en ciudad. Para nosotros era una aventura, una oportunidad de conocer el mundo, de expandir nuestros horizontes y de vivir nuevas experiencias. Cuando naces viviendo una vida de nómada, te acostumbras a estar en un constante estado de cambio. Se puede decir que crecer así me ha cambiado de muchas formas, y es quizás por eso que no le tengo miedo al cambio (...bueno, no del todo). A pesar de esto, no fue fácil decir adiós a cada experiencia que vivimos.


Al principio era sencillo, yo estaba pequeña y no entendía lo que ocurría. La primera vez que me afectó decir adiós fue cuando nos mudamos de España. Confieso que no recuerdo mi despedida de mis amigos. Sí recuerdo extrañarlos después al vivir en Estados Unidos. Lo que siempre recordaré fue la despedida de mi hermano y sus amigos en Madrid. A él le pegó mucho más esa mudanza y no olvidaré verlo llorar y abrazarse con sus amigos del colegio. Quizás es porque él era mayor que yo y entendía lo que sucedía más que una niña de 7 añitos. A lo mejor porque yo siempre he sido más independiente y un tanto antiparabólica (es decir, en mi mundo), pero sé que para él fue más difícil. Con el tiempo se fue convirtiendo menos fácil para mi también. Creo que quizás depende del nivel de cercanía que uno tiene con una persona. Hay amigos que uno quiere con el alma, hay otros que no pasan de ser simplemente un amigo.


Despedida del Colegio Campo Alegre

La verdad, saber que al llegar a algún sitio llegaría eventualmente el día en que nos iríamos de él, nunca nos detuvo acercarnos a la gente. Quizás muchas veces era inocencia de pensar de que aunque nos fuéramos, algún día nos volveríamos a ver. En la mayoría de los casos no fue así. En ésa época no existía el Facebook para ayudar a mantener el contacto. Y hoy en día, aunque muchos estén en mi lista de Friends del mismo, el tiempo hizo efecto y cada quién creció y se convirtió en otra persona. En muchos casos nos convertimos en completos extraños. Aunque sí debo decir que hay amistades que ni el tiempo, ni la falta de contacto hacen que cambien. Hay veces que tenemos conexiones tan profundas que no hay manera de que esos lazos se puedan romper.

A medida que fui creciendo, las despedidas se convirtieron más difíciles (por supuesto, es inevitable). Probablemente la más fuerte fue mi mudanza a Miami para irme a estudiar la universidad. Fue una mezcla de circunstancias que hicieron que ésa vez fuese la más triste de todas. Por una lado, era dejar a mi Venezuela una vez más. Por otro, irme de la casa dejar el nest egg de mis papás y ser independiente. Por último, era dejar a mi novio del cuál estaba muy enamorada. En el momento, fue extremadamente difícil vivir una realidad la cual yo no estaba lista para aceptar. Pero la vida te sorprende, porque al final, regresé a mi Venezuela (aquí estoy), mis papás se mudaron a Miami y pude compartir y vivir con ellos durante 3 años más; y hoy, casi 9 años después (en verdad, 8 años después de aquella despedida), sigo con aquel novio del cuál todavía estoy muy enamorada. Me supongo que la vida nos da sorpresas y en definitiva nunca sabemos qué camino está delante de nosotros.

Y es que precisamente es eso lo que pienso que hace más complicado despedirse. Es la incertidumbre de hacia adónde nos llevarán los caminos de la vida. El miedo de que si nos volveremos a ver. La tristeza de partir por culpa de un país que se cae a pedazos. Lo difícil que es cerrar una etapa de nuestra vida. Es aceptar que cada uno agarra un rumbo nuevo hacia otros horizontes.

Con el tiempo he aprendido que cada despedida realmente significa un nuevo comienzo. Cada hasta luego viene acompañado de una nueva bienvenida. Por cada puerta que se cierra, se abren mil puertas más. Cada vez que decimos adiós nos acompañan nuevas oportunidades, posibilidades, experiencias y un camino incierto listo para enseñarnos lecciones que definirán el resto de nuestras vidas. Y es por eso que, sin dejar difícil, tenemos que agradecer cada despedida y verla como un comienzo. Una nueva oportunidad de crecer, madurar, aprender y vivir. Eso sí, nunca dejando atrás las lecciones que nos trajo nuestra última despedida.